FIN DE MI CONCILIACIÓN LABORAL

Hasta aquí hemos llegado, al menos por este curso.

Como sabéis los que me leéis no ha sido un año fácil en cuanto al trabajo se refiere. Cuando pedí una plaza en el cole en el que llevaba trabajando un montón de tiempo en septiembre no me la dieron y creí seriamente que me tocaría quedarme en paro. Al final, con mi sensación interna de que me la estaban dando a regañadientes al final me dieron otra del mismo tipo.

Han pasado muchas cosas a lo largo de este curso. Empecé trabajando dos horas cuando Pichí tenía diez meses. Han ido saliendo más plazas con algunas horillas y que me ha apetecido hacer porque me he visto preparada para dejar a Pichí más tiempo con Alma de Suegri pero que no me han dado porque tenían nombre y apellidos de un enchufado del chachigrupi de la directora. Hasta 3 veces me ha pasado. Algunas de mis compañeras se han quejado, se han movilizado y han dicho alto y claro que se me tenía que dar una plaza de mejor calidad. Hace un mes me ofrecieron una plaza complementaria a mi horario en la actividad menos agradecida de todas y la que nadie quiere ir y sólo para un mes. Les dije que no porque me parecía que me estaban tomando el pelo y es que pretendían que pareciese que me estaban haciendo un favor cuando en realidad no había nadie que quisiese hacer ese trabajo. Pues mira, una es tonta, pero no tanto.

El cole se acabó ayer y yo me voy con un sabor agridulce. Éste ha sido el curso del desengaño, en el que he sentido que de repente ya no sabía trabajar porque me había quedado embarazada. La cúpula del cole me ha bajado de mi nube de piruleta para darme el bofetón de realidad en la cara de que nadie es imprescindible y mucho menos una mujer en edad fértil y con un bebé a su cargo. Menos mal que esta cúpula de la que os hablo son madres las cuatro. Cuánta empatía, sí señor.

Pero me quedo con lo bueno. Me quedo con que la tutora de mis chicos, cuando se enteró de que en octubre me reincorporaba a trabajar dijo que “se pedía” trabajar conmigo, que me quería para apoyarla con los chavales. Me quedo con ella y con el resto de profes de mi nivel que han confiado en mis criterios de intervención y que me han pedido opinión como si fuese una más. Me quedo con la mamá de A, una mujer dulce y muy insegura que sólo quiere lo mejor para su hijo y que ha depositado en mí toda su confianza y me ha valorado un montón como profesional. Me quedo con mis 3 compi-amigas que son lo mejor que hay en ese cole y que siempre están ahí para que me desahogue con ellas. Y, por supuesto, me quedo con mis niños, con ellos que no entienden de currículums, de status ni de chachigrupos, que me han regalado achuchones de esos que sólo te pueden dar estos niños y a los que si no veo el año que viene espero que les vaya precioso porque se merecen ser felices, más que nadie.

Cerramos etapa aunque lo digo con la boca pequeña porque en septiembre lo volveré a intentar a ver si me lo ponen un poco menos difícil. ¿Qué tal han sido vuestras reincorporaciones al trabajo después de la maternidad? ¿Tenéis reciente un cierre de etapa?

OJALÁ NO CREZCAS NUNCA

¿Quién de nosotras, mirando a nuestros dulces y sonrosadetes bebés no ha pensado esto alguna vez? Ojalá no crezcas, ojalá te quedes siempre con tu mami dándole esos abrazotes que tanto le gustan, ojalá dependieses siempre de mí…

Desde luego que no nace nunca del deseo real de que no crezcan, de que se queden estancados, de que siempre dependan de nosotras, sino de la felicidad de esos momentos que nos dan y que nos encantaría poder congelar, guardar en un tarrito de cristal y poderla saborear siempre que quisiésemos.

Aún así, en mi opinión, el valor de esos momentos que pasamos con nuestros bebés, reside precisamente en eso, en que es efímero, en que es un ser en constante crecimiento que un día se convertirá en una persona independiente como nosotros lo somos ahora. Y ése es el milagro que son nuestros hijos.

Quizá le dé demasiadas vueltas. Quizá mi cerebro sea extremadamente sensible a esa frase y hace que se me ponga la piel de gallina cada vez que la oigo. Y es que, como muchas de vosotras sabéis, he vuelto a trabajar. He cambiado y me he dado cuenta. Ahora soy mamá, como las mamás de los niños del cole de educación especial en el que trabajo. Y está lleno de niños y niñas que no van a crecer nunca. Que tiene 5 años y siguen llevando pañales, que usan chupete, que comen purés… y quién sabe hasta cuándo. Siempre he tenido cierta facilidad para la empatía, para ponerme en el lugar del otro, para escuchar y comprender cómo se sienten. Pero ahora me sobrepasa. Me emociona pensar en esas mamás y esos papás que de repente se dan cuenta (o un extraño les dice) un día, que su hij@ no está bien. Se me parte el alma. Y eso que sé que los niños son felices, que disfrutan, que expresan… pero se me sigue partiendo el alma.

Así que, mamás y papás del mundo, no deseéis que vuestros hijos no crezcan y que se queden bebés para siempre. Disfrutad de verlos cambiar, evolucionar hacia personas adultas e independientes, acompañadles y sed conscientes de la tremenda suerte que tenéis al poder ver crecer a vuestro hijo sano.